Los dolores de cabeza que trae el dólar (2)

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Si siguen habitualmente este blog sabrán que cuando lo inicié me comprometí a escribir un post diario de lunes a viernes y me ha costado, pero lo he cumplido casi siempre.  Así que días como hoy en los que estoy dando vueltas por la ciudad haciendo una y otra cosa son un martirio, porque sé que volviendo a una estación de trabajo (ya sea ésta en mi oficina, en mi casa o en una cabina pública de internet con un chibolo al costado viendo porno), voy a tener que arrancar con algo.  Y si tengo suerte, tendré tema.

El caso es que mientras estaba yendo del punto A al punto B estaba chequeando en el blackberry mi cuenta de twitter y había gente comentando la decisión de los bancos de no recibir billetes de dólares que estén marcados y su implicancia para la obvia conspiración mundial que lideran estos bancos y cómo esta decisión cuadra a la perfección con ese fantástico plan para tomar el control del mundo.

Aquí tenemos que dividir dos cosas: soles de dólares.  Tengo entendido que los bancos están obligados a aceptar billetes de soles, aunque estén cortados en pedacitos y con arengas políticas escritas encima.  Pero los dólares… Bueno, los dólares son el problema, pues.

Ahí el tema es que los bancos tienen que poner la raya en el suelo en alguna parte.  No pueden seguir recibiendo hilachas que alguna vez fueron billetes, porque a ellos nadie se los va a recibir.  Hace unos meses la Asociación de Bancos del Perú (Asbanc), en su inmensa sabiduría y su infinita paciencia y lentitud manifestó unos límites medibles.  Lo he buscado en internet para linkearlo y no lo he encontrado.  Además, este post lo estoy escribiendo de memoria y con los ojos cerrados.  Y con una mano atada a la espalda.  Así que no se me pongan exigentes.

El caso es que eran criterios medibles.  Hacía referencia al número de sellitos que pueden tener los billetes, que ninguno sea más grande que una moneda de 10 centavos, etc.  Todos son criterios obvios.  Y es que hay países en los que se siguen aceptando tiritas que alguna vez fueron billetes.  Recuerdo cuando estuve en Paraguay hace unos años, que los billetes estaban tan gastados y maltrechos, que se me hacía difícil reconocer de qué definición era ese escupitajo de papel que sacaba del bolsillo.

¿Les preocupa que los bancos conspiren contra nosotros y dejen de recibir maliciosamente billetes con pequeños defectos? No se preocupen, hay miles de formas de hacer líquidos esos billetes de alguna manera.  El dinero es dinero.  Por ejemplo, ¿vieron en el noticiero al cambista diciendo a la cámara “yo recibo de todo… pero lo cambiamos a un poquito menos”.  El negocio del banco es recibir dinero para después prestarlo.  No le conviene al giro de su negocio negarse a recibir billetes.  Si efectivamente lo hacen, es por algo.  Por eso, por más que Asbanc se ponga fregado, a las entidades financieras no les conviene seguir rechazando billetes que están razonablemente en buen estado.

Y quizás pueda aprovechar para comentar que el dinero es dinero porque sirve como referencia.  Y en la medida en la que sigue sirviendo como referencia sigue valiendo.

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Y nadie nos quitará lo pirateado (9)

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Hace unos días fui a un foro en el Centro Cultura de la Católica, en el que se trató el tema de los derechos de autor en la era digital.  Los que hablaron coincidieron todos en que el marco jurídico actual no tiene sentido y que hay que aplicar algunos cambios.  Participaron el amigo Oscar Montezuma (del blog Blawyer, quien dio varios detalles sobre la naturaleza de los derechos de autor y sobre el origen de las sociedades de gestión colectiva -como Apdayc), un tal George Yúdice (que habló, entre otras cosas, de la importancia de los nuevos intermediarios… en la medida en la que por Internet podemos acceder a información infinita, necesitamos de intermediarios que nos indiquen en dónde está la data que buscamos y que nos oriente sobre cuál fuente es mejor que otra), Jorge Bossio (del blog Línea de Vista, que en realidad habló más de asuntos de acceso a Internet), Alberto Durant y Roberto Bustamante.  A estos dos los pongo aparte porque dijeron vainas que me parece pertinente comentar a mayor profundidad.

Primero, el amigo Morsa le entró a la nota histórica y expuso algo que yo sinceramente no conocía: El origen de la figura de los derechos de autor fue motivado por las fuerzas de mercado.  Es decir, ante la aparición de la imprenta y de medios por los cuales una obra literaria se podía reproducir virtualmente al infinito sin pedirle permiso formalmente al autor, se creó la figura del derecho de autor, por la cual legalmente se le tenía que compensar de alguna manera por el lucro que se sacaría por vender un libro impreso que reprodujera algo que él había escrito.  Éste es un detalle importante, porque ilustra lo que en economía se llama “falla de mercado”.  Es decir, en un mercado perfecto uno produce tantas unidades de un producto y las ofrece a los demandantes, los cuales según el precio del producto deciden cuánto compraran.  A esto se le llama leyes de oferta y de demanda.  No obstante, si yo sé que por gusto produzco, porque institucionalmente existen medios por los cuales un tercero viene, se apropia de mi producto y lo vende por su cuenta sin brindarme compensación alguna por los costos en los que incurrí para producir el bien o servicio en cuestión… En ese caso, entonces mejor no produzco nada.  Y me dedico a otra cosa.  Las fallas de mercado justifican la intervención del Estado para de alguna manera solucionarlas.

Ése era básicamente el escenario en el que se introdujeron los derechos de autor.  Y tiene todo el sentido del mundo.  A la sociedad le interesa que haya producción literaria, porque trae lo que los economistas llamamos externalidades positivas.  O sea, cuando escribes tu libro y lo publicas, no solamente ganas tú lo que sea que ganas por publicarlo, sino que si además es un libro bueno, trae beneficios adicionales a la sociedad.  Si es un libro de texto escolar, si es una novela alucinante, si es un tratado de filosofía… Si es un libro bueno, trae beneficios adicionales que no habías previsto que tienen un efecto positivo en gente que nunca conocerás.

Ahora, en el contexto actual, lo que comentó el Morsa, es lo contrario.  Se pretende que el mercado se adapte a la regulación, lo cual no tiene sentido.  El mercado hace rato que evolucionó y decidió que los costos que te cargan por un libro físico son excesivos.  Y de hecho yo también pienso que son excesivos.  En un mundo en el que la tecnología de la impresión ha avanzado un montón y ha reducido los costos, no tiene sentido que algunos libros sigan costando tanto.  Eso es una cosa.  Otra es que ahora con Internet, hay mucho material que puedes hacer circular en pdf o en algún otro medio digital y recibir una compensación de otro tipo, que no sean las 80 lucas que pagas en una librería por un libro convencional.

Pero esa decisión no es del consumidor.  Si yo soy dueño de un material (porque lo escribí, porque le pagué a alguien para que me lo escriba, porque compré los derechos del material, etc.), yo soy el que decido cómo se distribuye.  Si yo persisto en imprimirlo y venderlo a un precio inaccesible, es mi roche.  Es mi decisión, mi pérdida.  Que un consumidor decida por mí y lo distribuya de una manera que él considera óptima sin consultarme es una violación a mi derecho fundamental.

Ojo, no estoy a favor de las persecución punitiva a los piratas.  Pero la forma de que ese material esté en pdf en algún site de Internet es del autor o del dueño de los derechos.  A ellos es que hay que convencer para que lo pongan a disposición del público de novedosas y modernas maneras.  Todos esos geniales ejemplos que siempre muestran en sus foros de defensa a la actividad pirata no me los tienen que decir a mí.  Se los tienen que arrojar en la cara a los que aún persisten en creer que vivimos en el siglo antepasado.

Finalmente, la exposición del amigo Chicho Durant la comento en otro post.  Me pareció tan tierna y anecdótica (y desinformada) que se merece uno entero solo para él.

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Mildemonios se fue al cine (3)

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La semana pasada me fui a ver The edge of darkness del amigo Mel Gibson, que resultó ser el remake de una miniserie de televisión de hace veinte años.  Antes que nada diré que si rajan de alguno de los involucrados en esta película no tengo la intención de defenderlos.   Y es que, por ejemplo, el amigo Mel Gibson tiene excelentes películas como Braveheart, pero también bodrios.  Con el director Martin Campbell es la misma historia.  Tiene excelentes películas como Vertical limit y bodrios.  Lo mismo con los guionistas, etc.  Pero así con todo, es un film muy sólido y muy contundente.  Y tiene una temática que me parece que se está presentando cada vez más en los últimos años: El de un ciudadano común y corriente que revienta y decide hacer justicia con sus manos ante la frustración de no poder hacer nada porque las autoridades no cumplen con defenderlo.

Ok, quizás sea algo que siempre ha estado presente, yendo y viniendo.  Después de todo, el cine del western tiene su origen en precisamente esa idea, la de los héroes comunes tomando un revolver para hacer justicia con su propia mano.  En The edge of darkness el amigo Mel Gibson interpreta a Craven, un policía que pierde a su hija en condiciones sospechosas.  Conforme investiga comienza a descubrir que su hija resultó estar involucrada en una trama que intentaba desenmascarar una red de corrupción que involucraba un político en un puesto alto, una corporación poderosa y una banda de hippies idiotas.

Lo que me parece excelente de esta película, además de las actuaciones, son los personajes con los que se cruza Craven.  Desde sus compañeros policías que lo apoyan, hasta los amigos de su hija, etc.  Y es que de una u otra manera la trama te va dejando en claro quiénes son los que se vendieron a la red de corrupción, quiénes se dejaron chantajear, quiénes se dejaron amedrentar, etc.  Y quiénes se pusieron firmes y no se dejaron pisar.  Como precisamente su hija.  Y el mismo Craven.

Llega un punto en el que Mel Gibson se enfrenta a un personaje que se supone estaba de su lado y le dice una frase que se me quedó.  Craven le pregunta directamente qué fue lo que le ofrecieron para que lo traicionase.  El otro le responde que tiene familia -refiriéndose a que habían amenazado con matar a sus hijos-.  Eso es todo.  Entonces el personaje de Mel Gibson le suelta LA frase: “Las reglas son simples. (…) Nunca recibas nada de los malos”.

Esto viniendo de un personaje que acaba de perder a su única hija… precisamente por educarla con principios morales demasiado sólidos.  Después de todo, la trama se inicia porque la hija en cuestión vio algo que le pareció mal y se manifestó al respecto.

mel_gibson_in_edge_of_darkness_wallpaper_3_1024En un país en el que los alcaldes hacen lo que les da la gana con uno y tenemos que salir a protestar y hacer bochinche para que nos respeten… En un país en el que una empresa te corta el servicio a voluntad y uno tiene que ir a hacer escándalo a sus oficinas para que lo respeten… En un país en el que un usuario de twitter puede inventarte calumnias y uno tiene que ponerse fuerte para que lo respeten… En un mundo así, una película como ésta me pareció muy apropiada.  Sobre todo por el final.  Se las recomiendo un montón.  Especialmente a los guerreros urbanos defendores de los derechos ciudadanos.

No digo que salgamos a disparar a diestra y siniestra como en esta película.  No, salgamos como la hija de Craven a no dejarnos pisar y a dejarle en claro a los poderes que son, que no pueden hacer lo que les viene en gana con nosotros.  Ésta es la esencia de la era post-moderna en la que vivimos.  Nadie va a cachetear al bully por ti.  Organiza a los marginados y línchenlo si hace falta.  Pero que prevalezca la justicia y el respeto a las libertades de cada uno.  Y si no entienden el mensaje, que se abstenga a las consecuencias.

Como dice V, el pueblo no tiene por qué tenerle miedo a las autoridades.  Son las autoridades las que deberían tenernos miedo a nosotros.

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