Otro bonito enredo en el que nos metemos (4)

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Al Joker le revienta que los ciudadanos tengamos planes.  Pero eso será en el mundo dentro de la película Batman: The Dark Knight.  Incluso en un mundo ideal, uno piensa las cosas antes de hacerlas.  Y considera las consecuencias de sus actos y evita meter la pata.  Se informa sobre lo que podría pasar y trata de ponerse en todos los posibles escenarios.  Eso es, claro, si eres racional.  Porque después al universo le importa un rábano si esa semana estabas tomando menos café de lo normal o si justo la enamorada de tu mejor amigo le sacó la vuelta y te distrajo.  Igual si metiste la plata en una mala inversión y la pierdes, la perdiste.  Lo siento. Debiste haberla pensado mejor.

Eso es en el mundo ideal.  Porque en el mundo real hay elementos que no conoces y que tienes que estimar.  O más o menos proyectar.  Por eso es importante ponerte en distintos escenarios y plantearte qué pasaría si pasa esto o lo otro.  Una decisión simple como qué película voy a ir a ver al cine con la flaca a la que le quiero sacar plan se puede volver un proceso recontra estratégico.  Si uno fuera un maldito psicópata o si fuese un profesional del levante, iría al cine con anticipación a ver las películas disponibles y decidir entonces cuál es la óptima para poner a la chica en cuestión en el ánimo adecuado.  Pero como no todos estamos a ese nivel de necesidad, lo que hacemos es informarnos acerca de las películas que hay en cartelera a través de las críticas en los periódicos, investigamos sobre qué otras películas ha escrito el guionista, etc.  Así uno incrementa la probabilidad de que el film que le invites a ver sea el adecuado para tus intenciones, sin evidenciar demasiado cuál es tu verdadero objetivo esa noche.  Y es que si uno está invirtiendo su plata (pagándole su entrada), es porque se asegura de que sacará beneficio (no necesariamente monetario).

A eso los adultos llamamos “tomar una decisión responsablemente”.

Ahora elevemos el razonamiento al nivel macro. ¿Cómo es posible que nosotros como país no podamos pensar bien las cosas antes de hacerlas? Por ejemplo, el deprimente caso del indulto a Crousillat. ¿No podía pensarlo mejor Alan y ponerse en los distintos escenarios y considerar las consecuencias de sus actos ANTES de darle el indulto? Porque ahora ya la regó y arreglar las cosas es un segundo óptimo.  Lo óptimo habría sido que piense bien las cosas antes de hacerlas.  Incluso bajo el supuesto de que Alan es malintencionado, todo el capítulo lo ha dejado terriblemente mal parado.

Lo mismo pasa con un montón de temas.  Y no es un asunto exclusivo de nuestro presidente actual.  Por ejemplo, la firma del contrato de exportación del gas de Camisea.  Lo firmó nuestro queridísimo presidente anterior y pareciera que lo hizo un día que tomó de la mala, porque fue una pésima decisión que ahora nos causa un montón de problemas y que arreglar va a ser muy complicado.  Lo óptimo habría sido que la piense mejor, que lo investigue, lo estudie y decida lo que le conviene más al país.  Eso es asumiendo que no hubo dinero corriendo por debajo del río.

El Perú pareciera que es el país del “después arreglamos”.   Tenemos que cambiar eso.  Lo óptimo es que evaluemos mejor antes de embarrarla y así ahorrarnos muchos costos y vergüenzas.  Los créditos agrarios, los subsidios a las viviendas y la payasada del Metropolitano son apenas algunos de los ejemplos del roche que pasamos cuando una autoridad toma una mala decisión y después las consecuencias pasan a cobrarnos la factura.  Idealmente cuando la autoridad en cuestión ya dejó el cargo.

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Los dolores de cabeza que trae el dólar (2)

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Si siguen habitualmente este blog sabrán que cuando lo inicié me comprometí a escribir un post diario de lunes a viernes y me ha costado, pero lo he cumplido casi siempre.  Así que días como hoy en los que estoy dando vueltas por la ciudad haciendo una y otra cosa son un martirio, porque sé que volviendo a una estación de trabajo (ya sea ésta en mi oficina, en mi casa o en una cabina pública de internet con un chibolo al costado viendo porno), voy a tener que arrancar con algo.  Y si tengo suerte, tendré tema.

El caso es que mientras estaba yendo del punto A al punto B estaba chequeando en el blackberry mi cuenta de twitter y había gente comentando la decisión de los bancos de no recibir billetes de dólares que estén marcados y su implicancia para la obvia conspiración mundial que lideran estos bancos y cómo esta decisión cuadra a la perfección con ese fantástico plan para tomar el control del mundo.

Aquí tenemos que dividir dos cosas: soles de dólares.  Tengo entendido que los bancos están obligados a aceptar billetes de soles, aunque estén cortados en pedacitos y con arengas políticas escritas encima.  Pero los dólares… Bueno, los dólares son el problema, pues.

Ahí el tema es que los bancos tienen que poner la raya en el suelo en alguna parte.  No pueden seguir recibiendo hilachas que alguna vez fueron billetes, porque a ellos nadie se los va a recibir.  Hace unos meses la Asociación de Bancos del Perú (Asbanc), en su inmensa sabiduría y su infinita paciencia y lentitud manifestó unos límites medibles.  Lo he buscado en internet para linkearlo y no lo he encontrado.  Además, este post lo estoy escribiendo de memoria y con los ojos cerrados.  Y con una mano atada a la espalda.  Así que no se me pongan exigentes.

El caso es que eran criterios medibles.  Hacía referencia al número de sellitos que pueden tener los billetes, que ninguno sea más grande que una moneda de 10 centavos, etc.  Todos son criterios obvios.  Y es que hay países en los que se siguen aceptando tiritas que alguna vez fueron billetes.  Recuerdo cuando estuve en Paraguay hace unos años, que los billetes estaban tan gastados y maltrechos, que se me hacía difícil reconocer de qué definición era ese escupitajo de papel que sacaba del bolsillo.

¿Les preocupa que los bancos conspiren contra nosotros y dejen de recibir maliciosamente billetes con pequeños defectos? No se preocupen, hay miles de formas de hacer líquidos esos billetes de alguna manera.  El dinero es dinero.  Por ejemplo, ¿vieron en el noticiero al cambista diciendo a la cámara “yo recibo de todo… pero lo cambiamos a un poquito menos”.  El negocio del banco es recibir dinero para después prestarlo.  No le conviene al giro de su negocio negarse a recibir billetes.  Si efectivamente lo hacen, es por algo.  Por eso, por más que Asbanc se ponga fregado, a las entidades financieras no les conviene seguir rechazando billetes que están razonablemente en buen estado.

Y quizás pueda aprovechar para comentar que el dinero es dinero porque sirve como referencia.  Y en la medida en la que sigue sirviendo como referencia sigue valiendo.

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Y nadie nos quitará lo pirateado (9)

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Hace unos días fui a un foro en el Centro Cultura de la Católica, en el que se trató el tema de los derechos de autor en la era digital.  Los que hablaron coincidieron todos en que el marco jurídico actual no tiene sentido y que hay que aplicar algunos cambios.  Participaron el amigo Oscar Montezuma (del blog Blawyer, quien dio varios detalles sobre la naturaleza de los derechos de autor y sobre el origen de las sociedades de gestión colectiva -como Apdayc), un tal George Yúdice (que habló, entre otras cosas, de la importancia de los nuevos intermediarios… en la medida en la que por Internet podemos acceder a información infinita, necesitamos de intermediarios que nos indiquen en dónde está la data que buscamos y que nos oriente sobre cuál fuente es mejor que otra), Jorge Bossio (del blog Línea de Vista, que en realidad habló más de asuntos de acceso a Internet), Alberto Durant y Roberto Bustamante.  A estos dos los pongo aparte porque dijeron vainas que me parece pertinente comentar a mayor profundidad.

Primero, el amigo Morsa le entró a la nota histórica y expuso algo que yo sinceramente no conocía: El origen de la figura de los derechos de autor fue motivado por las fuerzas de mercado.  Es decir, ante la aparición de la imprenta y de medios por los cuales una obra literaria se podía reproducir virtualmente al infinito sin pedirle permiso formalmente al autor, se creó la figura del derecho de autor, por la cual legalmente se le tenía que compensar de alguna manera por el lucro que se sacaría por vender un libro impreso que reprodujera algo que él había escrito.  Éste es un detalle importante, porque ilustra lo que en economía se llama “falla de mercado”.  Es decir, en un mercado perfecto uno produce tantas unidades de un producto y las ofrece a los demandantes, los cuales según el precio del producto deciden cuánto compraran.  A esto se le llama leyes de oferta y de demanda.  No obstante, si yo sé que por gusto produzco, porque institucionalmente existen medios por los cuales un tercero viene, se apropia de mi producto y lo vende por su cuenta sin brindarme compensación alguna por los costos en los que incurrí para producir el bien o servicio en cuestión… En ese caso, entonces mejor no produzco nada.  Y me dedico a otra cosa.  Las fallas de mercado justifican la intervención del Estado para de alguna manera solucionarlas.

Ése era básicamente el escenario en el que se introdujeron los derechos de autor.  Y tiene todo el sentido del mundo.  A la sociedad le interesa que haya producción literaria, porque trae lo que los economistas llamamos externalidades positivas.  O sea, cuando escribes tu libro y lo publicas, no solamente ganas tú lo que sea que ganas por publicarlo, sino que si además es un libro bueno, trae beneficios adicionales a la sociedad.  Si es un libro de texto escolar, si es una novela alucinante, si es un tratado de filosofía… Si es un libro bueno, trae beneficios adicionales que no habías previsto que tienen un efecto positivo en gente que nunca conocerás.

Ahora, en el contexto actual, lo que comentó el Morsa, es lo contrario.  Se pretende que el mercado se adapte a la regulación, lo cual no tiene sentido.  El mercado hace rato que evolucionó y decidió que los costos que te cargan por un libro físico son excesivos.  Y de hecho yo también pienso que son excesivos.  En un mundo en el que la tecnología de la impresión ha avanzado un montón y ha reducido los costos, no tiene sentido que algunos libros sigan costando tanto.  Eso es una cosa.  Otra es que ahora con Internet, hay mucho material que puedes hacer circular en pdf o en algún otro medio digital y recibir una compensación de otro tipo, que no sean las 80 lucas que pagas en una librería por un libro convencional.

Pero esa decisión no es del consumidor.  Si yo soy dueño de un material (porque lo escribí, porque le pagué a alguien para que me lo escriba, porque compré los derechos del material, etc.), yo soy el que decido cómo se distribuye.  Si yo persisto en imprimirlo y venderlo a un precio inaccesible, es mi roche.  Es mi decisión, mi pérdida.  Que un consumidor decida por mí y lo distribuya de una manera que él considera óptima sin consultarme es una violación a mi derecho fundamental.

Ojo, no estoy a favor de las persecución punitiva a los piratas.  Pero la forma de que ese material esté en pdf en algún site de Internet es del autor o del dueño de los derechos.  A ellos es que hay que convencer para que lo pongan a disposición del público de novedosas y modernas maneras.  Todos esos geniales ejemplos que siempre muestran en sus foros de defensa a la actividad pirata no me los tienen que decir a mí.  Se los tienen que arrojar en la cara a los que aún persisten en creer que vivimos en el siglo antepasado.

Finalmente, la exposición del amigo Chicho Durant la comento en otro post.  Me pareció tan tierna y anecdótica (y desinformada) que se merece uno entero solo para él.

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